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19 sep 2014

La guerra en los medios; la guerra de los medios

La guerra en los medios; la guerra de los medios

Imagen vía http://javierdelcampom.files.wordpress.com

Otra vez leemos los periódicos de las mañanas con imágenes desoladoras que nos brinda la sociedad. Otra vez el infinito conflicto entre palestinos e israelíes vuelve a estar en la primera plana política inundando nuestra información de las mismas imágenes a las que estamos tan acostumbrados que se han convertido parte de nuestro día a día informativo.

Foto vía www.clarin.com

Que nuestra visión del mundo actual se conforma por medio de la cultura escrita es un hecho, como también lo es que nuestro conocimiento personal del mundo se va ampliando conforme viajamos, por cerca que sea de nuestro domicilio. Pero todos nosotros podemos establecer y encontrar imágenes de todas las partes del mundo gracias a las nuevas tecnologías de información. Obviedades aparte.

Los medios de comunicación de masas juegan el papel más relevante a la hora de que los espectadores formemos nuestra visión de ese mundo que gira en torno a nuestro espacio de vida. Ese movimiento pendular[1] continuo, que en muchas ocasiones conduce al individuo occidental al hastío constante, está cargado de información. Si en el coche llevamos sintonizada la radio, sea cual sea la emisora que se suene, en un momento u otro escucharemos un parte de noticias. Por supuesto, aquellos más curiosos harán más llevaderas las retenciones de las autopistas escuchando alguno de los innumerables programas de radio centrados en informar, y que pasan de dar el parte de noticias a crear mesas de debate y tertulia, dirigidas y protagonizadas por pseudo expertos en la materia.

 

Por otro lado, aquellos que opten por el transporte público tampoco están exentos de recibir el bombardeo de información. En el tren, autobús, metro o derivados, se puede perfectamente escuchar la radio y, aunque en lugar de esta se escuche música, siempre será más entretenido ir en el vagón leyendo algún periódico gratuito. Y aunque optemos por ser más introvertidos y prefiramos ir leyendo una novela, un ensayo o apuntes del trabajo o la universidad, con toda seguridad veremos, a lo largo de nuestro día, información de noticias de actualidad en Internet. Aunque queda por demostrarse de manera empírica, puede entenderse como imposible que un ciudadano del siglo XXI e inmerso en el mundo occidental esté total y absolutamente desentendido del mundo que le rodea, por muy corto que sea nuestro movimiento pendular.

Los medios son los encargados de traer la información desde el lugar más recóndito del planeta hasta nuestra misma cocina, ese es su oficio, ese es su negocio. Un negocio imprescindible y destacable hasta tal grado, que la libertad de movimiento que estos medios disfruten en términos cualitativos, es uno de los factores contables más importantes que se utilizan para medir la calidad democrática de un país.

El cómo medir la calidad de un medio de comunicación es una empresa que vamos, y debemos, dejar en manos de los expertos. Pero, a título pedagógico, podríamos hacer hincapié en uno de ellos: la libertad política.

La libertad de imprenta y la abolición de la censura fue una de las reivindicaciones elementales del movimiento liberal del finales del XVIII y de todo el movimiento político del XIX, lo que quiere decir que un gobierno que quiera aumentar su control sobre la ciudadanía, lo primero que hará será reducir la libertad de prensa para controlar la información que llega a las masas. Un ejemplo de control de medios, de entre los cientos que podríamos sonsacar, lo encontramos en la planificación del golpe de estado que terminó con el Salazarismo portugués, cuando el Mayor Otelo Saraiva de Carvalho, un cabecilla del movimiento que quería acabar con la dictadura, empleó tiempo, dinero y esfuerzo en tomar, como primer movimiento estratégico, el control de la radio pública[2].

Nos mantenemos en la península, esta vez en la dictadura franquista y documentamos la voz de Matías Prats narrando las noticias del NoDo a los espectadores que, motu proprio, acudían al cine para enterarse de los acontecimiento de España y el mundo. Tal poder tiene la información que, aún sabida cuenta de que esta estaba completamente manipulada, seguía teniendo espectadores afines y sigue siendo el principal escollo a controlar de los gobiernos autoritarios. Tal es el poder de la información, que los golpistas portugueses del 74′ entendieron como imprescindible tomar, primero la radio pública, y después el resto.

¿Por qué? Porque la libertad de expresión lo es todo en democracia y porque el/la ciudadano/a del siglo XXI se siente vinculado/a al mundo en tanto en cuanto tiene información. Es cierto. Nos sentimos ciudadanos/as del mundo y no estamos cómodos/as sabiendo que hay cauces de información que no podremos explotar[3]. No podremos terminar con las dictaduras centro africanas, pero exigimos saber sobre ello o, al menos, exigimos tener la posibilidad de saber sobre ello para poder trasladarlo a las tertulias con las personas cercanas con las que compartimos nuestro espacio de vida, un espacio que está lleno de cosas del mundo que nos rodea. Y nos enfadamos, y damos golpes sobre la mesa indignados por lo que sucede en poblaciones a mil kilómetros de distancia. Pero, lo que resulta más interesante, es que tomamos partido de estas circunstancias, y tomamos partido hacia un lado o hacia otro porque existe la sensación de que tomando posiciones de manera inconsciente estamos ayudando a terminar con esa situación que, entendemos, es absolutamente injusta. Y esto puede ser cierto, si una foto bonita y tierna de un recién nacido que se ha subido a Facebook en París, llega y enternece a una persona que vive en Wellington apenas unos segundos después, ¿no puede mi indignación llegar por los mismos cauces y con la misma fuerza a las autoridades de las zonas donde se dan situaciones injustas? ¿Y, si esta información no la proporciona una persona individual, sino que la proporciona un medio de comunicación que por imagen, colaboradores y fama, se ha ganado el respeto y el calificativo “serio”?

Imagen vía bibliotecasolidaria.blogspot.com

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Una vez hace años escuché en la Universidad, “una imagen miente más que mil palabras”. Fue en una clase de Métodos y Técnicas de Investigación Histórica. Una frase tan parca, viene a contradecir al refrán común, pero viene también a aceptar una tenue teoría de la conspiración que atribuye un halo de maldad a los grandes medios. ¿Son los grandes medios afines a una serie de fuerzas políticas que ganan peso controlando esta información? En otras palabras, ¿son los medios totalmente independientes?

Sin ser, ni por asomo, expertos en la materia, vamos a aventurarnos a hacer un pequeñísimo análisis al respecto. Un periódico, por ejemplo, maneja miles de noticias, titulares e informaciones diarias. Es imprescindible que el consejo de dirección haga una selección de aquellas noticias que van a ser publicadas. Quitémosle a esto el halo de maldad, y entendámoslo como el mal menor.

Una vez han sido seleccionadas las noticias, en la línea editorial de la firma en cuestión, llega el momento de la selección visual, en donde se proponen una serie de titulares, maquetación, lugar de y foto de la portada. Esta selección de imágenes y de lenguaje va a determinar, al noventa y cinco por ciento, la manera en la que el lector abordará la información allí descrita. Cuántas fotos criminales habremos visto en las portadas de los diferentes periódicos, a los que no les ha temblado la mano a la hora de coger al presidente del gobierno con un gesto de mando, o de pleitesía. Es, entonces, perfectamente plausible, que un medio afín o contrario, por ejemplo, al gobierno, sea capaz de influir en la opinión del lector y conducirle por el camino de sus propios intereses, de la redacción.

Otra verdad como un templo, entendiendo que un templo sea una verdad, es que los medios crean opinión. En nuestro espacio favorito hablaremos sobre los acontecimientos del mundo en función a la información que hayamos leído esa mañana, o hayamos escuchado durante el atasco. No nos paramos a contrastarla, no siempre es necesario, porque los medios publican informaciones que aparentemente son verdad, porque teóricamente las realizan utilizando los medios que tienen a su alcance para certificar la veracidad de la información que están avalando. Otra verdad, es que una mesa de redacción avalará aquellas cosas que sean verdad, para evitar posibles represalias en un futuro que conlleven al hundimiento de ese medio por haber injuriado y mentido a los lectores, porque los espectadores no perdonan.

De esta manera enlazamos con otra “verdad”, que es que los medios se nutren de espectadores afines a la línea editorial del mismo. Son su target o público objetivo, lo que garantiza su sustento como medio. Por tanto, si el público objetivo es de una determinada opinión política, social, económica etc. el medio se afanará en hacer que estos lectores lean la verdad pero que la lean como la quieran leer para fidelizar a sus clientes.

Imagen vía emisionenelvientredeunaballena.files.wordpress.com

Sin embargo, corremos el riesgo de involucrarnos en una corriente nihilista mediante la cual no sólo no nos podamos creer nada, sino que además desarrollemos una especie de manía persecutoria que se alimente de una teoría conspiratoria constante, donde los grandes de medios y lobbies se unen con los poderes políticos para crear del mundo un gran hermano controlado por el gran ojo: Google.

Lo único que parece empíricamente demostrado, es la capacidad de los medios para crear opinión en la sociedad, hecho que no sólo no resulta negativo, sino que además es garante de democracia. Sobre si existe un gran ojo o no, este artículo no se entrometerá, porque en nuestro viaje a lo más recóndito de la naturaleza humana lo que estamos buscando es una presentación sobre el tratamiento y la inclinación de los medios.

España es un país políticamente desarrollado que en 2007 recibió la Freedom in the World la calificación de 1, lo que nos convierte en país democrático en sus efectos teóricos. Esto quiere decir que, como país político y democrático embebido en el panorama de desarrollo occidental, esta política esta polarizada entre conservadores y progresistas, derechas o izquierdas, socialista o liberales[4]. Dentro de esto, entonces, España es un país en donde esta polarización puede verse reflejada perfectamente en las líneas editoriales de los diferentes medios de comunicación que, además, llevan a la calle el debate político parlamentario. Resulta prácticamente imposible no ver un medio de comunicación y decir “este es de tal partido”.

¿Refleja esta polarización la realidad social? A bote pronto podríamos decir que sí. El bipartidismo, que en algunos regímenes democráticos está recogido legalmente, de modo que en segundas vueltas sólo pueden presentarse dos partidos, en España es predominantemente social, al igual que en otros muchos países con regímenes parlamentarios. En el sistema estrictamente parlamentario, como el español, el británico o el japonés, saldrán los partidos que más vote la gente de entre todos los que se presenten, toda vez que en España no existe impedimento normativo que haga que sólo se presenten dos de ellos.

Estamos, entonces, tan acostumbrados a una interpretación maniquea de las cosas, que podríamos incluso extrapolarlo a la realidad de la prensa, de los medios de comunicación. Esta es una buena manera de acercarnos a un comentario de la línea de sucesos que se van publicando en torno a la nueva escalada de conflicto entre Israel y Palestina, un conflicto que no sólo podemos seguir en directo en los medios, sino también en las redes sociales. Quien no es pro-israelita, está a favor de la causa palestina. Uno siempre es malo, otro siempre es víctima.

      ¿Cómo podemos llevar esta interpretación maniquea a los medios? Con un pequeño análisis:

      En España existen una serie de medios que tienen una línea editorial propia y de sobra conocida. En estos medios podemos leer las mismas noticias, incluso con contenidos iguales, pero con tonos distintos.

Este tono lo encontramos en verbos, en la longitud de las frases, en adjetivos, elementos todos estos que tienen como intención hilar extremadamente fino para que se pueda fidelizar al espectador, dándole y diciéndole las cosas como le gustaría ser, pero sin que esto sea demasiado obvio. Así pues, un medio de línea editorial X apoya el derecho de Israel a defenderse de lo que se considera un ataque de una banda armada desde territorio palestino. Vamos a suponer que, además, este medio de comunicación X tiene una ideología Y. En contraposición encontramos otro medio, E, que tiene una línea editorial J, siendo J e Y dos posiciones maniqueas. A tenor de esto, nuestro medio E publicará una información con frases, verbos y adjetivos que sibilinamente atraigan a los lectores afines a la línea editorial J que sean además partidarios de la causa palestina. Si la línea editorial de X supone mi contrario político, ¿aceptaré lo que diga este medio, o mi medio J publicará E, simplemente porque su contrario, X , ha publicado Y?

Imagen vía http://revistanorte.com.ar

El disparo de la reflexión, ¿dónde está la información real? Si nos ceñimos a esto, a una sociedad tan polarizada, como muchos politólogos califican a la española, unos apoyarán a su bando porque su línea lo apoya, al menos sibilinamente. En líneas generales, y haciendo una pequeña reducción a lo absurdo, en España se puede decir que las redes sociales están inclinadas hacia la causa palestina, algunos medios apoyan al gobierno israelí y otros no lo tienen muy claro. ¿Tenemos realmente información real sobre el proceso?

¿Y los muertos? Los muertos, muertos son. Cabría decir que un conflicto como el palestino e israelí se ha convertido hoy en algo común en el día a día. No es noticia una intifada, ni es noticia una foto que presenta una ristra de muertos a causa de atentados, combates o bombardeos. Otra vez, un nuevo partido de fútbol en donde los medios y la sociedad se centran en eternos debates. Unos conocen perfectamente las causas, y cuando son preguntados por lo que está sucediendo, automáticamente lo definen con análisis exactos. Es cierto, además de necesario. Pero parece que los medios también descuidan la realidad de un individuo de un bando que se arma no por esas razones político históricas, sino porque un obús ha derribado su casa y todo lo que tenía, ante lo cual, se levanta en armas.

Pero sin embargo, ¿qué sucede con el paso intermedio? Existen indicios de asociaciones y empresas que abogan por un sistema colaborativo en donde ponen sobre la mesa una solución basada en el desarrollo. Las armas sólo generan armas de la misma manera que el desarrollo genera desarrollo. Hay empresas y asociaciones que tienen como fin emplear el desarrollo social y económico como el elemento principal para acabar con el conflicto entre gazapíes e isaraelíes, empresas que invierten directamente en la zona en donde ya existen asociaciones conformadas por personas de ambas partes que trabajan para solucionar el conflicto de una manera pacífica, centrada en el desarrollo social y político para litigar la pobreza y crear un sistema que se acerque a un Estado de facto.

Esta tercera vía, que existe como tal, es prácticamente inexistente en los medios de grandes tiradas y, basándonos en lo anteriormente expuesto, si no sale en los medios, ¿no existe, o no existe en la opinión pública? No es difícil encontrar información sobre esto navegando por la red, pero resulta paradigmático y llamativo, que las grandes líneas de información sólo se centren, todavía hoy, en pleno siglo XXI, en la imagen del niño muerto, de destrucción y de guerra, porque, al igual que aquellos/as políticos/as que dominan el escenario de las relaciones internacionales, los medios no invierten su poder de creación de opinión en buscar una solución al conflicto, sino que enseñan la imagen más grotesca posible, para conseguir las ventas más altas alcanzables, y la acompañan con un texto que es, una vez, la definición del conflicto desde sus orígenes históricos: muchos tertulianos, al no tener respuesta, exhiben conocimiento por medio de una definición.

No es nuevo tampoco decir, que las soluciones que la comunidad internacional ha esgrimido para litigar los enfrentamientos no han conseguido pacificar la zona, sino más bien todo lo contrario. Por tanto, los grandes medios de masas deben asumir la obligación en tanto a sus características y mostrar aquellos movimientos de gente de ambos bandos que han aceptado que una solución bélica no vale, y que han decido optar por una tercera vía, una vía de sobra demostrada, toda vez que se sabe que el desarrollo atrae el desarrollo y que, una vez se ha alcanzado un nivel mínimo de este, se genera una inercia que, con mayor o menor rapidez, crear una movimiento medianamente lineal y constante que terminará por asentar la correlación de a más desarrollo-menos pobreza-menos belicismo. Pero esta tercera vía carece de imágenes y de columnas.

Pero esto significaría dar la espalda a la guerra. Aunque denunciar las atrocidades de bandos enfrentados es un movimiento loable y arriesgado en algunos aspectos, también lo es dar voz a todas las partes y sobre todo, en este conflicto, dar voz a las partes que optan por una solución pacífica y real.

Pero los medios sin guerra, se quedan cojos.

 

Autor: Jorge Martínez Díaz-Delgado

Geógrafo-Historiador

Dpto. Comunicación Fundación iS+D

 

[1]En demografía, el movimiento pendular describe el espacio que cubre una persona en su día a día. Este movimiento se centra en el desplazamiento entre el domicilio, el lugar de trabajo y los lugares de ocio. Este movimiento pendular, como decía, engloba el territorio que entendemos como espacio de vida.

[2]Diego Cárcedo en Fusiles y Claveles: La revolución del 25 de abril en Portugal, Temas de Hoy, Madrid, 1999

[3]Vulgarmente se escucha el síndrome de la capital, que vendría consistiendo en querer vivir en una gran ciudad por toda la oferta que en ella existe, y no porque se consuma toda la ella, sino porque existe la posibilidad de poder consumirla. Pasaría lo mismo con la infinitas opciones de información que tenemos todos los días a nuestro alcance.

[4]Nótese la diferencia que en historia política y politología se le dan a los diferentes términos que, en resumidas cuentas, unos se refieren a la economía, otros a la sociedad y otros a la relación política. Todos, sin embargo, hacen referencia a la relación del ciudadano con el Estado.

 


 

 

 

 

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