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13 jun 2016

El miedo como motor del odio

En Badgag, Pakistán, TurquíaBruselas, y ayer mismo en Orlando, han tenido lugar algunos de los terribles atentados sucedidos durante la primera mitad de 2016. Todos ellos, atribuidos y reivindicados por la organización terrorista ISIS (Estado Islámico), han causado un gran impacto social no solo en las ciudades o países en donde han ocurrido, sino en el conjunto de la población mundial.

Estos ataques contra la libertad y contra los derechos humanos suponen un ataque contra la humanidad en su conjunto, pues en la mayoría de las ocasiones las víctimas son de diferentes nacionalidades, sexo, edad o religión, y los terroristas, principalmente hombres, con alguna incursión femenina en los últimos tiempos, no persiguen otro objetivo más que la masacre indiscriminada de todas aquellas personas que no piensen de la misma forma que ellos.

Pero, ¿qué lleva a estos seres a actuar de una forma tan salvaje? ¿Qué motivaciones puede tener una persona para asesinar y acabar con la vida de otras? Sea cual sea, en ningún caso es justificable el uso de la violencia.

Más allá de los motivos religiosos o ideológicos que puedan aducir los terroristas, existe un origen, una causa, un primer estadio en el que germinan todos estos comportamientos violentos, más o menos extremos, que hacen tambalear los cimientos de los derechos humanos, sin que la mayoría de la población entienda el por qué, el cuándo y cómo surgió.

miedo

Pues bien, la socialización del hombre (varón) como ser dominante, líder y violento está detrás de todo ello. El sistema patriarcal, cuyo origen data de hace aproximadamente 10.000 años, arraigado desde entonces en prácticamente todas las sociedades del planeta, ha convertido la dominación y violencia ejercida por los hombres, en fuente de poder y legitimación, no solo contra las mujeres, sino también contra otros hombres. Desde entonces todos los sistemas políticos y económicos se han basado en el modelo patriarcal, con el hombre (varón) como pilar y referente, lo que ha supuesto muchos privilegios, sí, pero también muchas desventajas derivadas de una concepción de la masculinidad estrecha que castiga al hombre que no quiere seguir sus dictados.

La identidad masculina se ha forjado durante siglos en pilares como la fuerza, la dominación y la superioridad sobre las mujeres y entre ellos. Estos factores han convertido al hombre (varón) en una suerte de súperhombre ideal, cuya fortaleza y bravuconería nunca puede ser mermada, y mucho menos subestimada.

Se entiende por masculinidad el conjunto de atributos que definen a un hombre y que expresan lo que socialmente se espera de él. Es un constructo mental que indica a los hombres los atributos personales que deben considerar identificativos de sí mismos, y los que deben estimar ajenos. La masculinidad es un modelo normativo de referencia que se adquiere a través del proceso de aprendizaje social.

Los hombres y la construcción de la identidad masculina
Mª Jesús Rosado Millán, Presidenta de la Fundación iS+D

Pero, ¿qué implica que un hombre no quiera y/o no pueda ser fuerte, o valiente, o dominante? En caso de que no quiera serlo, o no considere necesario demostrarlo, implica el rechazo, su estigmatización, su clasificación como “no hombre”. Este rechazo, más allá de una consideración de débil, supone en muchas ocasiones ataques, discriminación, violencia. En caso de que un hombre no se perciba a sí mismo ni fuerte, ni valiente, ni líder, supone, en muchos casos, una frustración tan sumamente grande para ese hombre, que torna en violencia, en ira, en cólera, en intentar demostrar, de la forma que sea, que él también puede ser “tan hombre” como el resto. ¿Y esto en definitiva qué es? MIEDO.

Las características que definen la masculinidad a partir de la instauración del sistema patriarcal están relacionadas con el poder y con la creencia de superioridad sobre las mujeres. Estas características están constituidas por una serie de atributos, unos relacionados con el ser, como la fuerza o la racionalidad, y otros construidos por el ser, como el valor o la competitividad. Entre estos atributos destacan los siguientes: fuerza, valor, racionalidad y competitividad.

Los hombres y la construcción de la identidad masculina
Mª Jesús Rosado Millán, Presidenta de la Fundación iS+D

El miedo a no ser un hombre, a no ser lo que se espera de un hombre, puede llegar a transformar el comportamiento de una persona hasta el punto de convertirse en un extremista, sin necesariamente tener motivaciones religiosas. En cualquier caso, la religión, como constructo social y cultural, no deja de ser fruto del sistema patriarcal, y en sus mismos principios se basa: el hombre (varón) como cabeza de la religión, el hombre (varón) como líder espiritual, como cabeza de familia, como ser protector, como ser vengativo, como ser todopoderoso, y la mujer relegada a una segunda posición.

El triunfo de la religión monoteísta hebrea proclamó a Yahvé como único Dios, lo que supuso la desaparición de la figura femenina de la divinidad, en la que la mujer ya nunca volvería a recuperar el estatus de diosa en ninguna de las principales religiones monoteístas, y ello a pesar de que el fundador del cristianismo intentase rescatar y dignificar a la mujer, y de que el islamismo fuese un paso de avance para los derechos de la misma respecto al mundo hebreo antiguo.

Los hombres y la construcción de la identidad masculina
Mª Jesús Rosado Millán, Presidenta de la Fundación iS+D

Es momento de educar y enseñar, a hombres y mujeres, que todos podemos ser fuertes, débiles, inteligentes, irracionales, valientes o cobardes, y que las diferencias no nos clasifican como mejores o peores, sino como distintos, plurales y diversos. La diversidad no puede ser sinónimo de rareza, de discriminación. La diversidad ha de ser sinónimo de igualdad y libertad. Las personas, independientemente de su sexo, religión, ideas o raza, han de ser tratadas del mismo modo. Todos/as, hombres y mujeres, hemos de conocer el potencial que como personas tenemos, el valor de la equidad, la solidaridad y la cooperación que todos/as podemos aportar.

diversidad

Los principios patriarcales de competitividad, lucha y dominación han de quedarse a un lado para dar paso a valores de igualdad y cooperación. Si una sociedad se educa en igualdad, en respeto, en tolerancia, no existirán individuos que sientan la necesidad de asesinar o agredir a otras personas por ser diferentes a ellos. La respuesta a los problemas de violencia no pueden venir de la mano del propio sistema patriarcal, sino de alternativas al mismo basadas en la idea de igualdad y de libertad.

Así, la investigación social se torna en un elemento básico, necesario y fundamental para conocer los comportamientos sociales, los fenómenos que nos influyen a la hora de relacionarnos entre las personas. Es imprescindible apoyar el valor que la investigación social aporta al conjunto de la sociedad. La inversión en investigación en Ciencias Sociales es hoy más importante que nunca. Pues si conocemos las causas y orígenes de determinados comportamientos y actitudes, podremos combatirlos, modificarlos y mejorarlos.

La clave es la educación
La clave es la investigación social

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