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1 May 2018

Diario contra el acoso sexual: Mª Jesús Rosado Millán, Presidenta de la Fundación iS+D

Mª Jesús Rosado Millán, Presidenta de la Fundación iS+D para la Investigación Social Avanzada, abre el primer testimonio del “Diario contra el acoso sexual” del Blog de la Fundación iS+D.

Así, facilitamos este espacio para que las mujeres de cualquier parte del mundo puedan contar su historia (de manera anónima o no) y su testimonio acerca del acoso sexual que hayan sufrido en algún momento de sus vidas, pues solo en Europa el 55% de las mujeres mayores de 15 años reconoce haber sufrido alguna forma de acoso sexual. Porque es necesario de que la sociedad, en su conjunto, tome conciencia acerca de las consecuencias que la violencia contra las mujeres tiene en todo el mundo.

Machismo, racismo, homofobia, y un largo etc., todo son fruto de un sistema basado en la desigualdad y la intolerancia. El profundo desconocimiento de los derechos humanos supone que más de la mitad de la población mundial haya sufrido o sufra algún tipo de discriminación o ataque a lo largo de su vida.

Testimonio 1
Mª Jesús Rosado Millán – Presidenta de la Fundación iS+D

Llevo dos días dándole vueltas a la cabeza al asunto de la sentencia de “La Manada”. Sabía que algo tenía que escribir pero mi mente dudaba entre hacerlo como investigadora en género o como mujer. Finalmente, me he decidido por lo segundo, para contar mi experiencia personal y poner un granito de arena en el movimiento “#Cuéntalo y “Me too”. Esta es mi historia.

Sufrí el primer episodio de acoso cuando en Madrid, siendo pequeña, iba en el autobús al colegio.

Yo sufrí el primer episodio de acoso cuando en Madrid, siendo pequeña, iba en el autobús al colegio. Era un trayecto que duraba media hora. Yo, al igual que mis amigas, habíamos sido advertidas por nuestras madres acerca de algunos hombres que se ponían detrás de las niñas y las jóvenes para tocarles el culo y las piernas. Nos habían dicho que al entrar en el autobús debíamos situarnos con la espalda contra cualquiera de los laterales, o bien situarnos delante de alguna mujer. Pero a veces, el autobús estaba lleno y entrábamos en tropel. En ese caso debíamos decírselo al cobrador para que nos ayudase. Además, nos señalaban a los hombres que habitualmente lo hacían para que los tuviésemos identificados. Alguna vez, alguno eyaculaba sobre la falda tableada del uniforme provocando un asco indescriptible en la niña a la que le había pasado. A mí no me llegó a pasar, pero por si acaso, cuando no podía sustraerme del agresor al bajarme del autobús, siempre me miraba la falda por detrás, por si acaso. También recuerdo que cuando sentías que alguna mano te tocada el culo o las piernas y el autobús iba lleno y el cobrador estaba en la otra punta, me intentaba escapar quitando cada pierna como si me hubiera picado una avispa.

Entonces nos educaban diciendo que tenías que resistirte porque los hombres eran así y dependía de nosotras que no nos dejásemos. Porque había que ser virtuosa y la virtud consistía en no dejarse. Por supuesto, ¡nadie cuestionaba que ellos agredieran sexualmente!

Otro episodio de acoso tuvo lugar cuando tenía 10 años por parte de un tío mío que me intentó manosear y besar en la boca. Pude escapar porque comencé a chillar y a pellizcarle. Se lo conté a mi madre, y esta a mi padre, que habló con mi tío para preguntarle por el hecho. Aquel le contestó que no había sido más que una demostración de cariño, ¡cómo iba él a querer acosarme! Mi padre se lo dijo a mi madre, que me lo dijo a mí, y yo le contesté que no, que no había sido cariño, sino un sobeteo con intento de beso en la boca.

Recién ingresada en la universidad, un profesor de dibujo que me dijo que mejoraría mis notas si me acostaba con él.

Al terminar la carrera, otro profesor de la universidad, que me había proporcionado trabajo como traductora en el Centro de Investigaciones Sociológicas, me dijo que iba a enseñarme la biblioteca y, una vez allí, me empujó contra la pared y me intento meter mano. Me salvé porque en ese momento entró un conserje. Acababa de casarme y no se lo dije a mi marido porque no sabía cómo hacerlo. Tampoco se lo dije a nadie.

Y hay más…

Un profesor de dibujo que me dijo que mejoraría mis notas si me acostaba con él.

Otra vez fue en el metro. Un señor bastante más joven que yo empezó a tocarme el culo.

En otra ocasión, en una recepción en la Consejería de Presidencia de Madrid de la Comunidad de Madrid, uno de los asistentes al acto que charlaba animadamente con los altos cargos de la administración madrileña me recorrió de arriba abajo con la mirada varias veces, hasta que me harté, me acerqué a él y le dije al oído que como volviera a mirarme así lo denunciaba allí mismo. Para entonces yo ya tenía una edad.

Posteriormente, hubo dos veces en las que me ofrecieron trabajo de prostituta en el trayecto de Sol a Gran Vía (Madrid). La primera fue insistente. Me dijo el proxeneta que me protegería y que iba a ganar mucho dinero. La segunda, un hombre me ofreció dinero a cambio de mis “favores sexuales”, según sus propias palabras. Claro que a esas alturas de mi vida la forma de plantar cara había evolucionado y ambos tuvieron que salir por piernas.

Creo que seremos muy pocas las mujeres que no hemos sufrido acoso sexual a lo largo de la vida.

Pero no hay que esperar a ser mayor para plantar cara. Hay que salir a la calle y denunciar.

Yo ya lo he contado. Así que: me too!

Para no tener que esperar a hacernos viejas antes de plantar cara.

Para no tener que sufrir acoso sexual.

Para no sentirnos perseguidas.

¡SOMOS MUJERES Y EXIGIMOS UN RESPETO!

Mª Jesús Rosado Millán
Presidenta de la Fundación iS+D – Madrid (España)

Si eres mujer, has sufrido acoso en algún momento de tu vida y quieres contarlo, ponte en contacto con nosotros/as y publicaremos tu testimonio:

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