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22 Sep 2021

El patriarcado como sistema social: ¿cuáles fueron las consecuencias de su instauración?

La instauración del sistema patriarcal, durante el periodo Neolítico, tuvo una serie de consecuencias iniciales de tal envergadura que transformaron profundamente las relaciones sociales y que, hoy en día, seguimos padeciendo.

De ello hablaremos hoy en esta nueva entrada de la serie de Género, Igualdad y Derechos Humanos del Blog de la Fundación iS+D. Si te interesa, no dejes de echar un vistazo al resto de entradas publicadas.

La dominación masculina: el patriarcado y sus consecuencias

Como ya vimos en la entrada sobre el origen de la desigualdad entre los sexos, la combinación entre el descubrimiento de la paternidad biológica, el sentimiento de propiedad surgido tras la sedentarización y la conciencia del poder, dio lugar a la dominación masculina, que se ejerció en el plano psicológico, funcional y social.

Esta dominación condujo a la instauración de un nuevo sistema social basado en la jerarquización y en el poder como dominación: el Patriarcado. Pero: ¿cuáles fueron las consecuencias de su instauración?

La primera división sexual del trabajo

Fuente: Libro «Hacia un Feminismo del Punto Medio: Nueva Teoría para la Igualdad de Género»

Primera consecuencia: la división funcional entre los sexos

La primera consecuencia que tuvo el nuevo sistema fue el establecimiento de una división funcional entre los sexos como no se había conocido hasta entonces. Los hombres se quedaron con el mundo exterior y sus funciones estuvieron asociadas a la defensa del grupo, haciendo que proliferaran las hazañas bélicas como canto épico de la masculinidad. Las mujeres se quedaron intramuros de las ciudades, al cuidado de la infancia y de los hombres que no podían valerse por sí mismos, con la consiguiente exaltación de la maternidad como definitoria de la feminidad, al mismo tiempo que se hicieron invisibles para la historia.

El nuevo sistema se instauró definitivamente con el triunfo de las religiones monoteístas y supuso el comienzo de la dominación masculina. La historiadora Gerda Lerner sitúa su creación con la religión hebrea (Lerner, 1986), que no fue la primera monoteísta, ya que hunde sus raíces en el zoroastrismo del segundo milenio a.C., pero sí es la que convierte a «Dios Padre Todopoderoso» en el único dios con caracteres claramente masculinos: Dios creó al hombre a su imagen y semejanza (Génesis 1-26), al tiempo que la figura femenina queda fuera de la divinidad, a la que nunca más retornaría en calidad de diosa.

Ahora bien, la dominación masculina no afectó únicamente a las relaciones entre las mujeres y los hombres, sino que incidió poderosamente en las relaciones que los propios hombres mantendrían entre sí. Se puede decir que dicha dominación tuvo lugar en un triple sentido: sobre las mujeres, en la familia y entre los propios hombres.

La triple dominación masculina

Fuente: Libro «Hacia un Feminismo del Punto Medio: Nueva Teoría para la Igualdad de Género»

Segunda consecuencia: la violencia como sustento de la dominación

La segunda consecuencia fue la aparición de la violencia como sustento de la dominación. La guerra fue la primera forma de violencia que se proyectó de diferente manera sobre los hombres y las mujeres. En los pueblos vencidos ellos eran todos exterminados y ellas reclutadas como esclavas para la reproducción. Cuando se advirtió de la posible utilidad de los sometidos fue cuando fueron reclutados como esclavos también. Fue precisamente la esclavitud femenina el origen de la violencia contra las mujeres.

Poco a poco esta violencia ejercida inicialmente contra los pueblos enemigos se fue proyectando sobre los miembros del propio clan, siguiendo la nueva estructura social: los hombres se enfrentaron entre sí jerárquicamente por cuestiones de poder, y las mujeres fueron forzadas física y psicológicamente bajo la dominación masculina al privárseles de la capacidad de obrar y ser objeto de todo tipo de agresiones, sobre todo sexuales, fenómeno que sigue estando de plena actualidad en todo el mundo.

Fue precisamente a través del ejercicio de la violencia como se mantendría el nuevo sistema social, violencia que inicialmente fue por los recursos y a la que pronto se le añadiría la violencia por el poder.

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El patriarcado, como sistema social, se fundamentó sobre dos pilares: el poder como dominación y la jerarquía social, lo que dio lugar a una estructura social en forma de T invertida en la que los hombres formaban la columna asentada sobre la base constituida por las mujeres (Rosado Millán, 2011).

En lo alto de la pirámide se situaba Dios e, inmediatamente después, el rey cuyo poder provenía directamente del primero. En segundo lugar, estaba la casta sacerdotal y la de los guerreros. El tercer escalón era el reservado a los trabajadores de la agricultura, ganadería, artesanía, comercio, etc. En el cuarto peldaño se situaban los esclavos, y el último lugar, era el ocupado por las mujeres y los hombres considerados débiles (ancianos, infantes y enfermos).

La perspectiva «androcentrista» tuvo consecuencias negativas para las mujeres pues supuso la infravaloración social de todo lo femenino

Es cierto que las mujeres no eran todas iguales y que ocupaban distintas posiciones en la pirámide jerárquica, pero esta posición no la ostentaban por sí mismas, sino por la posición que el hombre del que dependieran, (padre, marido o hermano) tuviera.

La jerarquía en el sistema patriarcal

Fuente: Libro «Hacia un Feminismo del Punto Medio: Nueva Teoría para la Igualdad de Género»

Tercera consecuencia: el nacimiento de la desigualdad social

La tercera consecuencia fue el nacimiento de la desigualdad social, que se mantendría a partir de entonces por el uso de la coacción. El colectivo masculino se organizó en torno a una serie de estamentos sometidos unos a otros en una cadena jerárquica basada en una nueva condición, el «estatus», que indicaba la posición que cada hombre ocupaba dentro de la pirámide social en función de sus posesiones y poder personal.

La dominación masculina dio paso a nueva forma de concebir a los miembros de una sociedad: el «androcentrismo», que haría de los hombres el punto central de la evolución humana y el modelo ejemplar de ser persona. Desde ese momento la normalidad vendría determinada por el varón, que se erigiría en el representante de la especie. Si bien es cierto que no todos los hombres gozaban de los privilegios que tenían los de los peldaños más elevados de la pirámide social, el varón, por el mero hecho de serlo, tenía la posibilidad de ocupar cualquiera de esos ámbitos de poder, a diferencia de las mujeres, cuya ocupación tenía siempre un carácter de excepcionalidad que generalmente venía dado por la ausencia de varón que lo pudiese ocupar.

La perspectiva «androcentrista» tuvo consecuencias negativas para las mujeres pues supuso la infravaloración social de todo lo femenino, lo que se proyectaría sobre todas las actividades desempeñadas por las mismas y se traduciría en la invisibilidad de su contribución al desarrollo humano.

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Mª Jesús Rosado Millán
Presidenta de la Fundación iS+D
para la Investigación Social Avanzada

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