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Autoconocimiento y autocontrol femenino: la segunda ola del movimiento feminista

¿Qué corrientes trajo la segunda ola del movimiento feminista? ¿Qué diferencias hay entre cada una de ellas?

Esta segunda ola comienza en la década de los años 60 y se prolonga hasta la de los 90. Se puede subdividir en varias corrientes: el feminismo de los países occidentales ricos del que se desgaja el feminismo lesbiano; el feminismo de los países no occidentales; y el feminismo de los países pobres.

Fuente: Rosado Millán, M.J. y García García. F. (2018). Hacia un Feminismo del Punto Medio: Nueva Teoría para la Igualdad de Género. Fundación iS+D para la Investigación Social Avanzada

De todo ello hablaremos en esta nueva entrada de la serie Historia del Feminismo » Género, Igualdad y Derechos Humanos del Blog de la Fundación iS+D. Si te interesa, no dejes de echar un vistazo al resto de entradas publicadas.

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El feminismo occidental de los países ricos

Los años 60 del siglo pasado estuvieron marcados por la guerra de Vietnam y la segregación racial en EE.UU., hechos que dieron lugar al surgimiento de movimientos por los derechos civiles como el encabezado por Martin Luther King o el de los Black Panthers en pro de los derechos de los/as estadounidenses negros/as. Asimismo, el movimiento de rechazo a la guerra de Vietnam dio lugar al reforzamiento de la objeción de conciencia (por la repercusión mediática que tuvo la negativa de Muhammad Alí a participar en dicha guerra).

El feminismo de la igualdad

Las mujeres también continuaron con la lucha por sus derechos. Sus reivindicaciones en pie de igualdad con los hombres serían la base del feminismo de la igualdad. Parte del supuesto de que las relaciones entre las mujeres y los hombres son de desigualdad siendo su origen la instauración del patriarcado.

Esta perspectiva, cuyo aporte innegable es la lucha por la igualdad, hizo que reivindicaciones posteriores se encontrasen atrapadas dentro de un modelo androcéntrico que consideraba al varón como la medida a la que había que homologarse. Autoras como Code (2012), Santa Cruz (1992) y Coole (1993) destacan los problemas que esta perspectiva entraña para la sociedad al no cuestionar el modelo varonil. Asanza, citando a Lorraine (1986), destaca el androcentrismo imperante:

El igualitarismo -se dice- parece aceptar, y aún aplaudir, el modelo masculino y buscar para las mujeres una asimilación, una integración que no es sino homologación, cooptación, conformación a un paradigma androcéntrico disfrazado de neutro universal. Desde tal perspectiva, la igualdad no consistiría pues, sino en una absorción en la masculinidad como parámetro de igualdad y el simple igualitarismo sería solo una manera de convalidar el sexismo. El problema del igualitarismo, entonces, es que conduce a crear una sociedad sexualmente neutra y una moralidad universal que de hecho implica una inmersión de la diferencia en lo masculino. (Asanza Miranda, 2017)

Querer ser «igual a» es caer en el modelo androcéntrico, que no solo considera al varón el ideal a imitar, sino que cree que han sido precisamente los varones los que han establecido el modelo de feminidad, como denuncian las autoras mencionadas.

El feminismo de la diferencia

Con las miras puestas en la superación del androcentrismo, aparece el feminismo de la diferencia, cuya proclama es «Ser mujer es hermoso». Parte de la base de que las mujeres y los hombres son diferentes y pone el acento en la valoración de los aspectos subyacentes a la feminidad. Esta corriente feminista se desarrolla especialmente en Francia e Italia, y está influencia por las teorías psicoanalíticas de Freud en la búsqueda de una identidad propia a través del inconsciente.

A pesar de estas discrepancias, en esta segunda ola se fueron desarrollando reivindicaciones nuevas como la libertad sexual y los derechos reproductivos.

Ante estos nuevos desafíos, el patriarcado extendió sus largos brazos intentando neutralizar las acciones femeninas ahora de manera más subliminal y, por lo tanto, más peligrosa, para la igualdad. Después de la Segunda Guerra Mundial cuando las mujeres occidentales experimentan una independencia que no están dispuestas a dejar, se refuerza como estrategia patriarcal la difusión de un nuevo modelo de mujer que es aquella que, según Valcárcel, puede hacer de todo pero elije ser ama de casa, y pone como ejemplo a protagonistas cinematográficas como Doris Day o series televisivas como Embrujada (Valcárcel, 2001).

Pero los tentáculos patriarcales no solo provenían del sistema establecido. Los «compañeros» y «camaradas» de la nueva izquierda que también luchaban por la igualdad seguían siendo patriarcales, tenían el poder como bandera y la dominación masculina por estrategia (Sánchez Muñoz, Beltrán Pedreira, & Álvarez, 2001).

El feminismo radical

Aparecen diversos grupos feministas en EE.UU., Reino Unido y otros países occidentales que culminan en 1970 con el Movimiento por la Liberación de la Mujer que se prolongará a lo largo de todo el decenio. De este movimiento surge el feminismo radical que comparte con el de la igualdad la idea de que la subordinación de la mujer es fruto de la dominación masculina, si bien busca la raíz de la situación (de ahí su nombre radical), e introduce nuevos conceptos como los de patriarcado, sexo y género. Una de sus aportaciones principales fue la ruptura de la dicotomía «público-privado», con el eslogan «lo personal es político» que pone el foco no solo en la ocupación del espacio público, sino en la transformación de la esfera privada. Las feministas radicales hicieron un análisis del impacto de la dominación masculina en la familia y en el significado de la sexualidad. Asimismo, aportaron la idea de que todos los varones se benefician como colectivo, de los privilegios de su dominación, lo que los lleva a una cierta complicidad con algunas acciones de sus congéneres aún en los casos en los que fuesen contrarios a determinadas actitudes o acciones machistas.

El feminismo radical puso en marcha centros de ayuda y autoayuda para mujeres que sirvieron para fomentar la conciencia sobre la condición femenina. Por último, incorporaron presupuestos de la revolución sexual de los 60 que supusieron una ruptura con la idea de heterosexualidad y monogamia características del periodo anterior, y el cuestionamiento de las relaciones de poder existentes en la familia y orientadoras de la sexualidad.

Una de las aportaciones más significativas del feminismo radical fue la relacionada con la sexualidad femenina. Si algo caracteriza al patriarcado es la definición y delimitación varonil de la sexualidad femenina y su detención de los derechos reproductivos. La rebelión femenina en contra de este estado de cosas hizo que las mujeres centraran parte de sus protestas en la reivindicación de su derecho a una sexualidad libre separada de la maternidad, al mismo tiempo que reclamaban sus derechos reproductivos.

Kline señala la importancia que tuvo para las mujeres el conocimiento de su propio cuerpo y de sus genitales para su sexualidad, lo que se convirtió en un objetivo político (Kline, 2010) que les permitió redefinir su propia belleza y supuso una ruptura con la moral patriarcal tradicional. Ignorancia de una misma que no era casual, sino que era construida, mantenida y difundida por una dominación masculina (Tuana, 2004) que necesitaba controlar la promiscuidad femenina alejándola del placer sexual (Rosado Millán, 2011). La reivindicación del placer sexual supuso la superación de la visión freudiana «capadora» del cuerpo de la mujer al considerar que le faltaba algo.

Además de la liberación en materia sexual, las mujeres reivindicaban otros derechos, entre el que destaca la autodefensa personal frente a la violencia de género y la existencia de espacios seguros para mujeres (Fahs, 2015). Esta autora resume los puntos más importantes de esta segunda ola feminista:

● Tener un mejor conocimiento del propio cuerpo.
● Concienciar acerca del impacto negativo del patriarcado sobre la mujer.
● Proporcionar a las mujeres los instrumentos necesarios para hacer frente a las imposiciones y limitaciones de la dominación masculina sobre su propio cuerpo.

El feminismo socialista y el feminismo liberal

Dentro del feminismo noroccidental de la segunda ola se encuadra también el feminismo socialista que ya había comenzado su andadura durante el siglo XIX (primera ola). Se produce una crítica de la teoría marxista clásica por su visión de la reproducción como algo perteneciente a la esfera privada contrapuesta al espacio público en el que tenía lugar la función productiva. Se analizan las relaciones de poder y de dependencia económica que tienen lugar en el seno de la familia y el control de la sexualidad femenina por parte de los varones (Sánchez Muñoz, Beltrán Pedreira, & Álvarez, 2001), cuestiones que las feministas socialistas comparten con las feministas radicales, y lo encuadran dentro del concepto de patriarcado como sistema social. Al igual que el feminismo socialista traspasa la primera ola, lo hace el sufragismo que continúa con el feminismo liberal, en el que destaca la obra de Betty Friedman, fundadora en 1966 de la Organización Nacional para las Mujeres (NOW), que supone la revitalización del movimiento feminista.

El feminismo liberal pone el acento en la igualdad formal, en la ocupación de las mujeres en los espacios públicos y en la participación pública, ya que parte de la base de que las relaciones entre mujeres y hombres son de desigualdad, más que de opresión. Sin embargo, y a pesar de ser un movimiento importante, no tuvo la repercusión que el feminismo radical experimentó durante los años 60 y 70.

El feminismo contestatario: lésbico, cultural y étnico

Los 60 y, sobre todo, los 70, marcan una época en la que numerosos colectivos marginados e invisibilizados adquirieron conciencia de sí mismos: pacifistas, minorías étnicas, homosexuales, personas mayores, desempleadas, etc., entre los que se encuentran los grupos de mujeres feministas que luchaban por una mayor igualdad de oportunidades. Estos colectivos se fueron dando cuenta de que lo que se considera «normal» estaba formado por una minoría social: hombres, blancos, cristianos y en plena capacidad productiva. Todo lo demás eran «los otros».

La revolución sexual había sido protagonizada por mujeres que deseaban una separación entre el placer y la reproducción, pero también por todos aquellos grupos que reivindicaban el reconocimiento de diferentes sexualidades. El feminismo lesbiano se desgaja del feminismo radical al poner el foco en el derecho a gozar de una orientación sexual diferente a la heteronormativa.

Este feminismo forma parte de lo que se ha denominado feminismos contestatarios y poscoloniales, que se desarrollan en la década de los setenta, y que incluye el feminismo negro, étnico, islámico, etc. que se despegaron del feminismo hegemónico noroccidental al que criticaban por su racismo.

Denuncian la existencia de un feminismo hegemónico de corte noroccidental que deja fuera la realidad a muchas mujeres que se encuentra en contextos y situaciones muy diferentes a las de los países ricos.

Los estudios feministas poscoloniales y los estudios decoloniales coinciden en proponernos otra ideología construida ahora desde las periferias, los bordes, los restos, las fronteras (Ibid.); desde quienes por colonizados/as, abyectos/as, bárbaros/as, incultos/as e irracionales; nunca, diría Eduardo Galeano, «salieron en la foto». (Madina Martín, 2013)

Estos feminismos aportaron, además del género, conceptos nuevos como raza, etnia, sexo y sexualidad, que enriquecieron los estudios feministas. No se trata solo de hombres y mujeres y de sus mutuas relaciones, sino de hombres dentro de hombres y mujeres dentro de mujeres, es decir, de las relaciones sociales existentes entre los hombres y entre las mujeres respecto a sí mismos. En definitiva, se trata de analizar las diferencias que puedan existir en las relaciones intra-sexo, desde el punto de vista de la igualdad.

Las reflexiones realizadas por los feminismos poscoloniales han sido de gran importancia para el desarrollo de la teoría feminista, pues la dominación está tan imbricada en el imaginario colectivo que se incardina en las mentes incluso de las personas que luchan por la igualdad, y se proyecta sobre la mayoría de las acciones humanas. Ello torna invisible todo aquello que cuestiona dicha dominación, afectando incluso a la ciencia cuyos análisis se realizan bajo el prisma de los conceptos de superioridad e inferioridad.

Es evidente que las demandas de las mujeres varían en función del contexto en el que viven y de sus condiciones de vida, pues no es lo mismo centrarse en ocupar puestos de responsabilidad en grandes corporaciones que tener que buscar la comida para sobrevivir.

…………………

Asanza Miranda, F. (26 de febrero de 2017). Democracia de género: Hacia una igualdad basada en derechos humanos. Obtenido de Seguridad y Paz. Centro de Estudios en Seguridad y Paz: http://www.seguridadypaz.org/images/pdf/DEMOCRACIA-DE-GNERO-1.pdf

Code, L. (2012). Simple Equality is not enough. Australasian Journal of Philosophy, 48-65.

Coole, D. H. (1993). Women in Political Theory: From Ancient Misogyny to Contemporary Feminism. New York: Harvester Wheatsheaf.

de Dios Vallejo, D. S. (2004). La lucha por los derechos humanos de las mujeres. En P. Galeana, Derechos Humanos de las Mujeres en México (págs. 191-232). Mérida, Yucatán: UNAM.

Fahs, B. (2015). The Body in Revolt: The Impact and Legacy of Second Wave Corporeal Embodiment. Journal of Social Issues, Vol.71, Issue 2, 386–401.

Kline, W. (2010). Bodies of Knowledge: Sexuality, Reproduction, and Women’s Health in the Second Wave. University of Chicago Press.

Lorraine, C. (1986). Simple equality is not enough. Melbourne: La Trobe University.

Rosado Millán, M. J. (2011). Los hombres y la construcción de la identidad masculina. Madrid: Fundación iS+D.

Rosado Millán, M.J. y García García. F. (2018). Hacia un Feminismo del Punto Medio: Nueva Teoría para la Igualdad de Género. Fundación iS+D para la Investigación Social Avanzada

Sánchez Muñoz, C., Beltrán Pedreira, E., & Álvarez, S. (2001). Feminismo liberal, radical y socialista. En E. Beltrán, & V. Maqueira, Feminismos (págs. 75-125). Madrid: Alianza.

Santa Cruz, I. (1992). Sobre el concepto de igualdad: algunas observaciones. Isegoría, nº 6, 145-152.

Tuana, N. (2004). Coming to understand: Orgasm and the epistemology of ignorance. Hipatia 19 (19), 194-232.

Valcárcel, A. (2001). La memoria colectiva y los retos del feminismo. Recuperado el octubre de 2016, de Naciones Unidas: http://repositorio. cepal.org/bitstream/handle/11362/5877/S01030209_es.pdf;jsessionid=-C0E09DEE7F9EA04366B5D73E536895EE?sequence=1

Mª Jesús Rosado Millán

Presidenta de la Fundación iS+D para la Investigación Social Avanzada

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