¿Hasta qué punto influye la biología en el comportamiento humano? ¿Y la cultura? ¿Qué es del determinismo biológico?
Las diferencias entre las mujeres y los hombres se han basado tradicionalmente en las características anatómicas existentes entre unas y otros. Era el concepto de sexo biológico el que fundamentaba las teorías sobre las diferencias hombre-mujer. Estas teorías, si bien partían de la corporalidad, la trascendían al extenderse a los comportamientos humanos.
De todo ello hablaremos hoy en esta nueva entrada de la serie de Género, Igualdad y Derechos Humanos del Blog de la Fundación iS+D. Si te interesa, no dejes de echar un vistazo al resto de entradas publicadas.
El determinismo biológico
En 1530 Juan Huarte de San Juan, médico, formado en la Universidad de Alcalá de Henares, escribía:
[…] cuando Dios formó a Adán y a Eva es cierto que, primero que los llenase de sabiduría, les organizó el cerebro de tal manera que la pudiesen recibir con suavidad y fuese cómodo instrumento para con ella poder discurrir y raciocinar. Y así lo dice la divina Escritura: …et cor dedit illis excogitandi, et disciplina intellectus replevit illos.
Y que, según la diferencia de ingenio que cada uno tiene, se infunda una ciencia y no otra, o más o menos de cada cual de ellas, es cosa que se deja entender en el mesmo ejemplo de nuestros primeros padres; porque, llenándolos Dios a ambos de sabiduría, es conclusión averiguada que le cupo menos a Eva, por la cual razón dicen los teólogos que se atrevió el demonio a engañarla y no osó tentar al varón temiendo su mucha sabiduría. La razón de esto es, como adelante probaremos, que la compostura natural que la mujer tiene en el cerebro no es capaz de mucho ingenio ni de mucha sabiduría. (Huarte de San Juan, 2000)
Esta forma de pensar provenía de la concepción clásica de la mujer como un ser inferior al hombre debido a su anatomía, destacando el papel de su aparato reproductor y la menstruación como causas de dicha inferioridad. Hipócrates o Galeno en sus descripciones de la anatomía femenina concebían el útero como fuente de los males femeninos. Aristóteles en su Historia de los animales destaca el menor tamaño del cerebro de la mujer respecto al del hombre y en Política, uno de sus tratados más importantes, la superioridad del varón griego sobre la hembra y sobre los esclavos, siendo esta superioridad la que le otorgaba el mando sobre ellos.
En esa concepción «biologicista» no había espacio para la influencia cultural, que se concebía como un conjunto de reglas de urbanidad más que como un proceso de adiestramiento social para la incorporación de los nuevos miembros a una sociedad. Desde esta perspectiva se afirmaba que las formas de obrar de mujeres y hombres venían determinadas por la diferente anatomía de cada uno de ellos.
- Desde la perspectiva biologicista se afirmaba que las formas de obrar de mujeres y hombres venían determinadas por la diferente anatomía de cada uno de ellos.
Las influencias de este determinismo biológico fueron continuas a lo largo de los siglos e influyeron en la ciencia, que lo utilizaría para justificar la inferioridad femenina, especialmente a lo largo del siglo XIX caracterizado por su exacerbada misoginia (Pedraza, 2009; Ferrer & Bosch, 2003; Bosch, Ferrer, & Gili, 1999; Jayme & Sau, 1996; Maccoby, 1966).
Dicha creencia no ha sido desterrada todavía, y muchas son las voces que proclaman la desigualdad entre las mujeres y los hombres como algo consustancial a ambos sexos, lo que las lleva a considerar que sus respectivos comportamientos obedecen a causas «naturales» que no se pueden obviar (Kimura, 1999; Christova, Lewis, Tagaris, Uğurbi, & Georgopoulos, 2008; Witelson, 1991).
Estas teorías provenientes del campo de la medicina, la psicología o la neuropsicología, proclaman la diferencia entre los hombres y las mujeres y, de manera subliminal, la superioridad de los primeros al asociarle las competencias más valoradas socialmente como son la capacidad de abstracción o la orientación espacial, dejando para las mujeres su mayor habilidad verbal y locuacidad en su versión de «parloteo». Estas teorías no tienen en cuenta el proceso de socialización humana en la formación de la identidad personal, proceso que conlleva inherentes los mensajes construidos socialmente sobre los roles de cada sexo.
Los factores socioculturales
A pesar de todo ello, siempre hubo voces que cuestionaban estas explicaciones meramente «biologicistas» al considerar que había elementos sociales que influyen en el comportamiento humano. Sin embargo, no sería hasta bien entrado el siglo XX cuando se comenzasen a incluir elementos culturales en las teorías explicativas de las diferencias entre los sexos. En 1949, Simone de Beauvoir proclamaba en su libro El segundo sexo que «se llega a ser mujer», invocando con ello una visión cultural de la feminidad. A partir de los años 60 irrumpe con fuerza la noción de género entendido como un producto cultural que asigna a las personas unos roles determinados en función de su sexo biológico. El concepto fue desarrollado por el psiquiatra Robert Stoller quien descubrió que había factores socioculturales que incidían en la formación de la personalidad que no eran debidos al sexo biológico, lo que le llevó a considerar que la influencia de los valores, las creencias y las costumbres sociales incidían en la formación de la feminidad y la masculinidad más allá de la biología de cada cual (Stoller, 1968).
Fuente: Libro «Hacia un Feminismo del Punto Medio: Nueva Teoría para la Igualdad de Género»
Se establece así una dicotomía entre anatomía y comportamiento: con la primera se nace mientras que el segundo se adquiere. Desde entonces la perspectiva de género, desarrollada a partir de la teoría feminista y las ciencias sociales (Angós, 2000), ha impregnado los estudios científicos que incorporan la mujer al devenir humano (Rodríguez Lored, 2008), haciéndola visible al mismo tiempo que refuta la creencia de que el hombre es el centro del universo y el modelo ideal a seguir.
Sin embargo, resulta conveniente explicar el significado que va del sexo anatómico al género antes de acotar ambos conceptos, teniendo en cuenta que como toda acotación conceptual, tiene su razón de ser en la operatividad metodológica, ya que la línea que separa ambos términos es establecida a propósito, sin que ello signifique que exista una discontinuidad o una oposición entre ambos.
En ese continuum, que va del sexo al género, hay que tener en cuenta, además, otra serie de conceptos como son la sexualidad, la orientación o la identidad sexual relacionados entre sí, pero con significados diferentes.
Angós, T. N. (2000). Género y ciencia. Revista de Psicodidáctica, nº 9, 178-184.
Aristóteles. (2011). Magna Moralia. Madrid: Gredos.
Bosch, E., Ferrer, V., & Gili, M. (1999). Historia de la misoginia. Barcelona: Antropos.
Christova, P. S., Lewis, S. M., Tagaris, G. A., Ugurbi, K., & Georgopoulos, A. P. (2008). A voxel-by-voxel parametric fMRI study of motor mental rotation: hemispheric specialization and gender differences in neural processing efficiency. Experimental Brain Research, Volume 189, Issue 1 , 79-90.
de Beauvoir, S. (2000). El segundo sexo. Madrid: Cátedra.
Ferrer, V., & Bosch, E. (2003). Sobre la supuesto inferioridad intelectual de las mujeres: elcaso de las teorías frenológicas en el siglo XIX. Revista de estudios de género y teoría feminista, nº 2 , 119-136.
Jayme, M., & Sau, V. (1996). Psicología diferencial del sexo y el género. Barcelona: Icaria.
Kimura, D. (1999). Sex Differences in the Brain. Recuperado el 16 de mayo de 2016, de Scientific American, Inc.: http://www.ucd.ie/artspgs/langimp/genderbrain.pdf
Rodríguez Lored, H. E. (2008). El enfoque de género en la construcción de conocimiento científico. Revista Digital Universitaria, Vol. 9, nº 7
Rosado Millán, M.J. y García García. F. (2018). Hacia un Feminismo del Punto Medio: Nueva Teoría para la Igualdad de Género. Fundación iS+D para la Investigación Social Avanzada
Pedraza, P. (2009). Venus barbuda y el eslabón perdido. Madrid: Ediciones Siruela.
Maccoby, E. E. (1966). The development of the differences. Standford: Standford University Press.
Stoller, R. (1968). Sex and Gender. New York, London: Science House; Hogarth Press and Institute of Psycoanalysis.
Witelson, S. F. (1991). Neural sexual mosaicism: Sexual differentiation of the human temporo-parietal region for functional asymmetry. Psychoneuroendocrinology. Volume 16, Issues 1–3 , 131–153.
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Mª Jesús Rosado Millán
Presidenta de la Fundación iS+D para la Investigación Social Avanzada
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